
Nunca amamos a nadie. Amamos, tan sólo, la idea que nos hacemos de alguien. Es a un concepto nuestro - a nosotros mismos, en suma - a quien amamos.
Esto es verdad en toda la escala del amor. En el amor sexual buscamos un placer nuestro, alcanzado por intermedio de un cuerpo extraño. En el amor no sexual, buscamos nuestro placer mediante una idea nuestra también. El onanista es abyecto, pero en rigor de la verdad, es la perfecta expreción lógica del enamorado. Es el único que no se oculta lo que le pasa, por eso no se engaña.
Las relaciones entre un alma y otra, a través de cosas tan inciertas y divergentes como las palabras comunes y los gestos habituales, son materia de extraña complejidad. En el mismo acto que nos conocemos, nos desconocemos. Dicen los dos "te amo" o lo piensan o bien lo sienten al intercambiar, y cada uno quiere expresar una idea difererente, una vida diferente, hasta incluso, un color o un aroma diferente, en la suma abstracta de impresiones que constituyen la actividad del alma.
112. (fragmento)
"El libro del desasosiego"
Fernando Pessoa, como Bernardo Soares.













